Negacionistas, dudas, debates e izquierda

Ibon Rodriguez Larrinaga | 2021-06-18 09:44:00

No soy médico, pero veo, observo y leo. Creo que existe una pandemia y es algo a lo que debemos enfrentarnos. No sé si a nivel general la enfermedad es muy peligrosa para la mayoría de la población, pero sí que he visto que en algunos casos sus efectos son devastadores. También sé, porque así nos lo han dicho, que no todos los positivos por COVID 19 desarrollan la enfermedad.

Creo también que la pandemia ha generado problemas logísticos en la sanidad pública. Pero creo, que todos los problemas de la sanidad pública no vienen motivados por la pandemia, ésta ha hecho aflorar las consecuencias de años de impulso a la sanidad privada e insuficiente financiación y equipamiento de la sanidad pública. Y habrá gente que diga que Osakidetza es mucho mejor que la sanidad pública de Castilla La Mancha o La Rioja. Y no tengo porque no creerlo, será así, pero también es mucho más deficiente que la sanidad de otros lugares. Que Osakidetza esté mejor que en otros lugares no la hace ser perfecta, y puestos a mejorar prefiero referenciarme a quien está mejor que yo que a quien viene por detrás.

Creo que la vacuna es buena y necesaria, y eso no hace que no reconozca que puede tener sus riesgos. Pero riesgos, o efectos secundarios, tienen también las pastillas del colesterol, el ibuprofeno, la contaminación, el tabaco y el gin-tonic.

También entiendo a quien tiene dudas sobre la vacuna, a quienes alegan que los tiempos de investigación y prueba se han acortado más de lo normal. Entiendo, y comparto, a quien dice que lo de las vacunas es un inmenso negocio, cerrado, de las farmacéuticas. Tiene razón, y además añado, se trata de un negocio opaco, donde la UE nos niega los datos del precio ¿Cuánto pagamos por las vacunas? ¿Cuánto dinero público ha aportado la UE a la investigación? ¿Por qué si se ha puesto dinero público en la investigación y desarrollo de la vacuna la patente es privada? Sé que es el capitalismo, un sistema enfermo peor que la pandemia. No creo que quien tiene dudas sea negacionista, y tal vez quien así los tilda sea más negocionista.

Existen unos organismos supuestamente independientes, la OMS o la EMA, y es cierto que necesitamos certezas, pero no es menos cierto que dichos organismos son punto de encuentro y batalla de intereses, alejados de la ciudadanía y más cercanos a la geopolítica y la economía de las grandes multinacionales.

Y dudo mucho de eso que llaman pasaporte digital. Hace años que algunas vacunas son necesarias para entrar en algunos lugares, eso puedo hasta a asumirlo. Sin embargo, en ese pasaporte digital también se tendrán en cuenta datos personales especialmente protegidos, como si he pasado o no el COVID. Y recuerdo un debate similar hace décadas en torno a las personas que eran positivas en VIH. Porque me preocupa abrir algunas puertas, que nos parezca normal decir si hemos pasado una enfermedad para poder viajar (¿o trabajar en un futuro?)

Entiendo aún más y comparto muchas de las preocupaciones de la gente que denuncia la deriva autoritaria que ha tomado la sociedad amparada en el argumento de la salud. Sí, estoy de acuerdo, la salud es lo primero, y no hay economía sin salud. Es responsabilidad de la administración pública el cuidado de la salud, pero con la salud por bandera creo que se han tomado decisiones contradictorias, discutibles y peligrosas. Además, dudo de la sinceridad de muchos dirigentes que nos hablan de la preminencia de la salud: no se cierran empresas contaminantes por motivos de salud, tampoco se tiene en cuenta la salud cuando se quiera abrir una siderurgia en mitad de la población, no se prohíbe la fabricación de coches que cojan velocidades superiores a 120km/h por motivos de salud (o logística sanitaria), no se prohíbe el tabaco por motivos de salud (esos impuestos), ni el alcohol, ni el juego, ni se limita la producción de plásticos, ni el uso de transgénicos, ni el trasiego de los contaminantes cruceros y un largo etc. Me parece que el argumento de la salud es demasiado flexible en función de los intereses, y eso resta mucha credibilidad a los y las dirigentes.

No entiendo la coherencia de muchas medidas, 20 padres o madres no pueden ir a ver competiciones o entrenamientos de sus hijos e hijas al aire libre, pero, sin embargo, pueden encerrarse en el metro, el cine, o su puesto de trabajo. Por poner un ejemplo.

Los gobiernos nos dicen si podemos juntarnos de 4 en 4 o de 6 en 6, y ya no discutimos, que hacer en nuestra casa, nos dicen que no podemos salir a la noche, la policía disuelve con demasiada violencia concentraciones de jóvenes a los que se ha estigmatizado.

Dirigentes políticos se empeñan en pedir responsabilidad a la ciudadanía haciendo gala de irresponsabilidad institucional, piden incluso que delaten a sus vecinos y vecinas, que estén vigilantes. Y hay gente que asume gustosa el papel de delatora, juzgando constantemente de manera pública a otros y otras, sin conocer sus circunstancias.

Y creo que la peligrosa deriva autoritaria, y la aún más peligrosa falta de valoración crítica con la que la ciudadanía la acepta y hace suya es uno de los peores efectos secundarios de la pandemia.

Y se ve en el debate, en el debate que no existe. Si pones en duda cualquier aspecto eres Negacionista (yo no creo serlo, pero a la vista de este artículo alguno me lo llamará). Y el negacionismo es el trazo grueso bajo el que se silencia el debate y la discrepancia. Creo que existe una gran diferencia entre negar una realidad (existe una pandemia y en algunas personas la enfermedad tiene efectos devastadores hasta la muerte) y poner en duda o querer debatir aspectos relacionados con la gestión de la misma. Han, hemos tildado de negacionista a gente que tenía dudas, que criticaba el tono autoritario y falto de justificación de las medidas, a gente que solo pedía debate. Y en eso, lamentablemente la izquierda hemos sido cómplices, quiero pensar que involuntarios, pero lo hemos sido. A la izquierda nos corresponde creo, fomentar y alentar el debate, solo así superaremos uno de los peores efectos secundarios del COVID: el autoritarismo y el control de la población.

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