23 de junio, jueves, 20:30. Los primeros rayos revientan el atardecer sobre el Aeropuerto Nacional Zaventeen de Bruselas. La pantalla de la puerta de embarque 54 informa, como con pereza, de que el vuelo SN3715 de Brussels Airlines a Bilbo se atrasa diez minutos. El avión acaba de aterrizar y se coloca ya en posición de parada para que los pasajeros dejen sitio al equipo de limpieza y después a quienes volvemos a Euskal Herria. La tormenta arrecia. El túnel extensible por el que saldrán los pasajeros del Airbus A-320 sigue sin vida. Nadie sale del avión hasta media hora después. Rostros cansados, enfadados, y algunas bufandas y banderas belgas. De la Eurocopa, suponemos. Rayos y truenos. Jarrea. Desde hace un rato, la pantalla de la puerta de embarque indica, con nocturnidad y alevosía, que el avión despegará a las 21:30... A las 21:45 empezamos a subir al avión.

A las diez, instalados y ya medio dormidos, el azafato informa de que debido a la tormenta no es posible despegar por el momento. Pide paciencia y se disculpa por primera vez. Llueve, mucho. Ningún avión aterriza. Nadie se mueve fuera, ni un solo trabajador ni vehículo circula en Zaventeen.
A las diez y media, una azafata toma el relevo y anuncia que nuevas tormentas se acercan al aeropuerto y que seguirá cerrado hasta que pasen. Al menos media hora más. Segunda disculpa.
A las once, tercer anuncio. Airport re-open. Nos movemos. Avanzamos poco a poco en la cola de despegue. Subimos el morro a las 23:30. Hace casi una hora que hemos escrito un mensaje con una duda evidente para cualquier usuario habitual del "principal aeropuerto vasco": cierra a las 00:00 horas...
Pero el capitán, un optimista, asegura entre renovadas disculpas por el retraso que "partimos hacia Bilbao, donde está nublado y hay una temperatura de 15 grados". ¡Qué majo! Pienso en mi sobrino, que estudia para piloto, y me lo imagino tal cual, sonriente, desafiando a la tormenta, feliz en el cielo, animando a los suyos.
Exactamente a las 23:30, el colega de mi sobrino, abatido, nos anuncia una mala noticia: "Lamentablemente, el aeropuerto de Bilbao cerrará en media hora y ningún otro aeropuerto de la región está abierto". Sí, efectivamente, se disculpa con todo su ser. El avión gira y regala un atardecer precioso al lado de estribor. Saco un par de fotos, como siempre. Nos miramos los unos a las otras.

Una pareja llora con dignidad, abrazada. ¿Quién les esperaba en Bilbo? ¿A quién no podrán abrazar hoy? ¿Qué han perdido?

A las 00:30, el avión toca tierra en Bruselas Zaventeen. La compañía, seguramente, se ahorrará pagar nada por una más que previsible y justificada reclamación en masa tras (gracias a) este simulacro de vuelo. ¿Hasta qué punto ha sido un teatro consciente y premeditado?

¿Cómo puede ningún político alardear del país que tenemos cuando chapamos a medianoche? ¿Somos un cuento? ¿Un mal chiste? ¿Una suerte de país de cenicienta? Y, ¿hasta cuándo?

¿Cómo es posible que el piloto del avión y los controladores aéreos y quien carajo esté al mando de estas cosas no sepa antes de despegar que Bilbo cierra y que ningún otro aeropuerto vasco o vecino le permitirá aterrizar a esas horas y que, por lo tanto, despegar era una estupidez sin sentido?

Termino estas líneas cuando el avión se detiene en algún rincón nada habitual del aeropuerto, tras un vuelo perfecto a la nada. Bruselas Zaventeen. Lejos, a 1.500 kms al sur, el país de cenicienta duerme, apacible, seguro de sí mismo.

Último aviso del piloto, a quien ya no pillo el menor parecido con mi sobrino: "Siento informarles de que, debido a la tormenta, aún no hay "ground activity" en el aeropuerto". Vamos, que nadie acerca la escalera para que podamos salir del avión. 01:11. Granizada considerable sobre la pista. Seguimos atrapados en el avión. Mosqueo general en el vuelo SN3715 Bruselas-Bruselas.

HELP! (y dicen que mañana hay huelga general en Bélgica...)