Araba, Bizkai eta Gipuzkoarako estatus berri baten oinarriak aurkeztu ditu, gaur goizean, Europako Parlamentuan (Brusela) Maddalen Iriarte EH Bilduren Legebiltzar taldeko bozeramaileak. Harekin batera izan da Joseba Egibar EAJko legebiltzarkidea. Erabakitzeko eskubidearen inguruan egindako jardunaldietan hartu dute hitza. Hemen uzten dizuegu Maddalen Iriarteren interbentzioa:

Egun on. Buenos días.

Quiero agradecer en primer lugar la invitación a hablar en este foro, ante una audiencia tan cualificada. Trataré de aportar otras reflexiones a las ya expuestas por el sr. Joseba Egibar. Escapar de la vorágine política del día a día, para subrayar lo realmente importante.

EL marco teórico y legal en el que nos movemos en la actualidad, en los territorios vascos peninsulares, nace de la Constitución española de 1978. Esa Constitución se fundamenta en la unidad indivisible de la patria, de la que hace garante al Ejército. Y no es un detalle menor recordar que se trata de una Constitución redactada en un momento político muy delicado y muy peculiar, justo tras la muerte del dictador Franco.

La propia Constitución habla del derecho a la autonomía de las regiones y nacionalidades, y en una disposición adicional dice amparar y respetar los derechos históricos de los territorios forales, y prevé además la posibilidad de que los cuatro territorios vascos peninsulares formen una única Comunidad Autónoma.

El Estatuto de Autonomía de Gernika para Araba, Gipuzkoa y Bizkaia salvaguarda también los derechos que pudieran asistir al Pueblo Vasco, explicitando que la aceptación de la autonomía no supone renunciar a esos derechos.

Desde el momento en que consagra la unidad indivisible de la patria y hace garante de ella al Ejército, se trata de un marco con un absoluto déficit democrático, y las referencias a nacionalidades y derechos históricos deben ser entendidas como el reflejo de las tensiones territoriales que vive el Estado español desde hace ya siglos, en particular en Catalunya y en Euskal Herria.

En todo caso, con ese marco, el Estado español podría haber adoptado en estos últimos 40 años una senda que intentara reconducir sus problemas territoriales, pero su opción ha sido la contraria, la de tratar de uniformizar el Estado cada vez más.

Son constantes las sentencias del Tribunal Constitucional español en ese sentido, y también desde los sucesivos gobiernos españoles han sido constantes los intentos de uniformización, con legislación que invade continuamente la capacidad de autogobierno vasca, y con el incumplimiento sistemático del actual Estatuto de Autonomía, que 39 años tras su aprobación, continua sin ser cumplido a pesar de ser formalmente una ley orgánica española.

No se ha tratado solo de uniformizar cada vez más el Estado español; se ha tratado de criminalizar cualquier intento de buscar alternativas, de reprimir de la forma más dura cualquier disidencia sobre el modelo de Estado. En Catalunya lo estamos viendo ahora de forma muy cruda; en Euskal Herria llevamos años viéndolo. Y no se trata de una posición política coyuntural de un determinado Gobierno o de una determinada mayoría parlamentaria: se trata de la actitud de todo un Estado, de su judicatura, de sus fuerzas de seguridad, de sus entramados empresariales y mediáticos.

Frente a esta innegable realidad, sin embargo, existe otra no menos innegable, y es la voluntad del pueblo vasco, manifestada a través de la historia de múltiples maneras, de defender su lengua y su cultura, entendida esta en el sentido más amplio del término. Es decir, la voluntad del pueblo vasco de defender su propia existencia como pueblo, en pie de igualdad con el resto de pueblos de Europa y del mundo; una voluntad que en los últimos tiempos se ha manifestado política, social y electoralmente de forma reiterada.

Y es en este contexto donde adquiere su principal valor el acuerdo al que se ha llegado en el Parlamento Vasco, al redactar los principios que deben guiar el nuevo estatus de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia. Porque, por primera vez en la historia reciente, las dos grandes tradiciones políticas de nuestro país, las que en este momento representan el Partido Nacionalista Vasco y la izquierda soberanista de EH Bildu, que suman hoy por hoy más del 58% del voto del electorado, hemos logrado acordar unos principios con el objetivo de construir una sociedad moderna, una sociedad abierta, que aspire a las mayores cotas posibles de bienestar personal y colectivo. Y eso pasa, también, por aspirar a las mayores cotas posibles de libertad.

La libertad política, tanto individual como colectiva, es un elemento esencial para configurar una sociedad moderna. Los derechos sociales y los derechos políticos de los ciudadanos no pueden diseccionarse; los derechos sociales se convierten en meras concesiones graciosas de los que realmente mandan, si la ciudadanía no es plenamente dueña de sus derechos políticos.

Entre esos derechos ocupa un lugar destacado el derecho a la libre determinación de los pueblos, reconocido en el artículo 1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. El propio Comité de Derechos Humanos de la ONU ha destacado la naturaleza fundamental de este derecho al subrayar que se trata de un requisito fundamental para que los derechos humanos individuales sean plenamente efectivos.

Porque, efectivamente, estamos hablando de derechos humanos, de democracia en suma. No hablamos ahora de independencia, ni de la forma de gobierno de un futuro Estado vasco independiente. Hablamos de que la voluntad democrática del pueblo vasco debe ser reconocida y respetada. Ese reconocimiento de la voluntad de nuestro pueblo, esa aceptación de la voluntad democrática, constituye la clave de bóveda sobre la que se asientan los principios que hemos aprobado en el Parlamento Vasco. Cualquier solución de futuro para el Pueblo Vasco, pero también para Catalunya o para otros pueblos con aspiraciones similares, pasan por aceptar e integrar ese reconocimiento democrático.

Tomando como base, pues, el derecho a decidir, la propuesta del Parlamento Vasco plantea una relación entre los territorios vascos y el Estado español efectivamente bilateral, entendiendo por bilateralidad una relación de igual a igual, en la que una parte no puede imponer su voluntad a la otra; y una bilateralidad provista de los suficientes elementos de control, con garantías precisas para los casos en que no haya acuerdo. Los territorios vascos, de esta forma, contarían con todos los instrumentos de autogobierno necesarios para poder desarrollar todas las políticas públicas que precisa su ciudadanía y solo desde el acuerdo previo bilateral podrían compartirse o cederse esos instrumentos en favor de estructuras estatales, comunitarias o internacionales.

Sería desconocer la realidad pretender que el camino que planteamos va a resultar sencillo. Pero la dificultad de la empresa no puede llevarnos ni a la inacción ni a la resignación. El planteamiento de la mayoría política del Parlamento Vasco cuenta no solo con los elementos clave para una solución duradera, sino que ofrece además vías políticas y jurídicas para hacerla efectiva.

Esas vías jurídicas pasan por una interpretación de los derechos históricos que tome como base el respeto a las reglas democráticas.

En esencia el derecho a decidir significa que la legitimidad democrática de una manifestación social clara y mayoritaria de alterar total o parcialmente el estatus jurídico-político no puede ser desconocida desde parámetros de un Estado Democrático de Derecho. En Democracia no se pueden vetar los debates de ideas y de proyectos. En democracia se impone la necesidad de abordar un proceso bilateral de negociación entre los poderes territoriales interpelados. El uso de la vías represivas para impedir debates y para impedir encauzar democráticamente una demanda política, supone un claro abuso de poder y pone gravemente en cuestión la calidad democrática de quien hace uso de dichas vías. Una democracia de baja calidad no será capaz de afrontar los retos que tenemos en el siglo XXI.
Hay un ingrediente imprescindible en todo caso para cualquier negociación, para cualquier acuerdo, y es la voluntad política de las partes. Por nuestra parte está clara.

La voluntad de acuerdo que vayamos a encontrar en nuestros interlocutores españoles, sin embargo, es algo que no está en nuestra mano, pero sí lo está generar las condiciones para que el Estado español se vea impelido a comportarse como una democracia adulta. Está en nuestra mano hacer política, y es lo que seguiremos haciendo, en el País Vasco, en casa, pero también ante la opinión pública de todo el mundo.

Pero en todo caso, el hecho de no encontrar a nadie al otro lado de la mesa, o de encontrar a alguien acostumbrado solo a dar puñetazos, no puede hacernos creer que el acuerdo al que hemos llegado dos de las grandes familias políticas vascas resulta inane, un ejercicio vacuo destinado a terminar en un cajón. Al contrario, se trata de un acuerdo que establece unas bases de futuro. Que podrán ser acordadas con el Estado español –y ojalá lo sean—pero cuyo valor no queda limitado al hecho de llegar a un pacto. Porque incluso si no se llegara a ese pacto –e insisto, ojalá sí se llegue—contiene las bases y las claves para que nuestro pueblo avance.

Eso es lo que nos lleva a defender, aquí y ahora, un acuerdo que es en realidad un mínimo democrático, un acuerdo que llama al reconocimiento y al respeto mutuo, un acuerdo al que nada se puede oponer desde un punto de vista democrático.

EH Bildu Bildu aspira sin embargo a crear un Estado vasco independiente internacionalmente reconocido. La propia Unión Europea nos recuerda cada día la importancia de contar con un Estado, y lo ha demostrado claramente durante la crisis catalana: lo único que realmente importa en este Europa del siglo XXI es que seas un Estado. Si eres un Estado, serás respetado.

Contar con un Estado propio es, por tanto, de una importancia capital. La izquierda soberanista vasca trabaja con ese objetivo y, desde luego, no vamos a cejar en ese empeño, porque creemos que es posible y creemos además que será la mejor solución para la sociedad vasca: contar con un Estado propio que nos permita relacionarnos, desde principios de cooperación y solidaridad, con los demás pueblos del mundo. Esa fase aún no ha llegado, pero la propia historia de Europa nos muestra la importancia de estar bien preparados para cuando llegue.

Quizás le conozcan pocos de ustedes, pero a mi me gusta mucho leer y citar a un gran pensador y filósofo vasco, Joxe Azurmendi. Y lo haré en euskera, que es nuestra lengua: “Baina begira, beste herri batzuk euren sinbolotzat lehoiak, hartzak, otsoak, arranoak, tigreak dauzkate. Guk arbola bat. Eman ta zabal zazu munduan frutua. Gurea ez da handitasuna. Gurea askatasuna da”.

Y la traducción: “Miren, hay otros pueblos que tienen por símbolo leones, osos, lobos, águilas, tigres... El nuestro es un árbol. Y nuestro lema dice: florece y ofrece tu fruto a todo el mundo. Lo nuestro no es la grandeza. Lo nuestro es la libertad”. Gurea askatasuna da.

Muchas gracias. Eskerrik asko.