Artículo de opinión: Maddalen Iriarte Okiñena

Cuando me preguntan por el futuro de EiTB siempre recuerdo a un reconocido periodista catalán que se enfadaba muchísimo cuando alguien le preguntaba si trabajaba en una televisión autónomica. “No, perdone usted―solía decir―. Yo trabajo en TV3, en la Televisió de Catalunya”. Y yo me sentía absolutamente identificada.

Han pasado casi 35 años desde que echara a andar el proyecto que el lehendakari Garaikoetxea encomendó a Ramón Labayen: una radiotelevisión pública que aspiraba a convertirse en un referente comunicativo para toda la ciudadanía vasca y que, además, debía ser un instrumento capital para la normalización del euskara. Hoy, sigue siendo necesario trabajar duro para poner a EiTB en el lugar que le corresponde, para que de verdad sea la radio y la televisión que merece la ciudadanía vasca, un grupo del que podamos sentirnos orgullosas.

La tarea no es fácil. Ramón Labayen lo supo desde el inicio: hacer televisión es caro. Por tanto, es preciso establecer mecanismos de financiación estables para EiTB. Y al revés: es necesario también saber a qué podemos aspirar con el dinero que estemos dispuestos a darle. La BBC, que es motivo de orgullo para los británicos, se financia en su mayor parte a través del canon que pagan todos los hogares que tienen una tele. Un modelo que, con variaciones, se repite en otros muchos países. Aunque España desechó esta vía de financiación, Euskal Herria no tiene por qué seguir el modelo español; quizás el europeo aporte mejores soluciones.

Tampoco es necesario seguir el modelo español al configurar la dirección del grupo. La ley de creación de EiTB se inspira básicamente en la de RTVE, pero existen modelos alternativos al de una dirección general elegida por la mayoría parlamentaria de turno junto a un consejo de administración básicamente repartido entre los partidos. Lo que el modelo de organización y gobierno de un grupo de comunicación público debe asegurar es que se está ofreciendo el mejor producto posible a la ciudadanía. No estaría de más, por tanto, desvincular en el tiempo los mandatos de la dirección de la duración de las legislaturas; exigir profesionalidad a los integrantes del Consejo de Administración garantizándoles a cambio su inamovilidad; o establecer estrictas políticas de contratación que salvaguarden la independencia real de EiTB.

Dije en mi discurso de investidura que los partidos deben aprender también que la calidad de la información no se mide, cronómetro en mano, calculando los minutos de pantalla de los que ha disfrutado cada fuerza política. Y aunque es necesario un control público externo sobre los medios públicos, quizás sea mejor crear una autoridad audiovisual independiente, tal como aconseja la Unión Europea, y dejar a la comisión parlamentaria el control sobre los presupuestos del grupo de comunicación.

¿Y qué decir de los contenidos? ¿Los basamos en tests de popularidad o apostamos por el servicio público y el respeto al interés general? Quienes se dedican a estudiar el fascinante mundo de la televisión coinciden en subrayar que un grupo de comunicación público debe asegurarse de que sus emisiones llegan a toda la población y que su programación debe ser imparcial y ofrecer temáticas que resulten de interés para la población en general. ¿Debemos por tanto seguir encumbrando los índices de audiencia como únicos referentes válidos? ¿Hay que continuar compitiendo contra televisiones comerciales apostando por productos de mero entretenimiento que ni aportan información, ni contribuyen a conocer mejor la diversidad y la pluralidad de nuestro país y de todo el mundo?

Pero, es cierto, tampoco podemos hacer productos que ni vea ni escuche nadie. Sin embargo, sí debemos ser muy precisos a la hora de valorar qué impacto tienen nuestras emisiones. De entrada, ni en Navarra ni en Ipar Euskal Herria tienen acceso pleno a la señal de EiTB, una situación que hay que corregir. Como habrá que engarzar las múltiples iniciativas de televisión local que aportan riqueza y diversidad al panorama televisivo. Y, por supuesto, habrá que utilizar mediciones de audiencia homologables, porque los actuales métodos no están diseñados para medir la audiencia televisiva de nuestro país y mucho menos para tratar de afinar cuántos euskaldunes ven ETB-1. Solo así podremos evitar desconcertantes (y probablemente falsos) datos como que determinado programa dobla la audiencia de un día para otro, o pierde de repente el 70% de sus espectadores.

Y habrá que priorizar el euskera, dejando atrás las políticas que han convertido a ETB1 y a Euskadi Irratia en las hermanas pobres del grupo. Las recomendaciones internacionales y los y las expertas subrayan que una de las características de un medio de comunicación público debe ser fomentar la identidad y la cultura nacionales. Ambas. Y el euskara forma parte intrínseca de nuestra cultura y de nuestra identidad, y no tiene quien la defienda.

Pretendemos que estas reflexiones y otras muchas tengan cabida en el proceso de refundación que debe emprender el ente, durante esta legislatura. En 2022 EiTB cumplirá 40 años. Nuestro objetivo es que a ese año lleguemos con algo que celebrar, con un nuevo modelo de radiotelevisión pública, acorde con los tiempos, y que nos haga sentirnos orgullosas.

Mi colega el periodista catalán se enfadaba cuando oía hablar de televisión autonómica. Y yo también. Ambos trabajábamos en la televisión pública de un país, él en Catalunya, yo en Euskal Herria. Hagamos, pues, de EiTB, el gran grupo de comunicación público que nuestro país merece. Hagamos como Alemania, como Austria o como Noruega. No más, pero tampoco menos. Esa es la EiTB que queremos. Porque la queremos. Maite dugulako.